—A ver, Salta, dime ¿leíste de niño o de grande ese maravilloso libro que es Alicia en el país de las maravillas? —el maestro me dijo la pregunta, pero se notaba a leguas que traía una segunda intención, y éste se dejó ver de inmediato porque de la pregunta saltó al comentario, sin esperar mi respuesta (que iba a ser por la afirmativa, obviamente):

—Hay un pasaje que me encanta, en donde Alicia llega a la merienda de locos, con el Sombrerero, el Lirón, y la Liebre de Marzo. En un momento, ésta última le dice a la pequeña: “Di lo que piensas”, y ella responde: “Bueno, al menos pienso lo que digo. Es lo mismo, ¿no?” Entonces el Sombrerero salta y empieza un juego de retruécanos que me encanta porque le conmina: “No es lo mismo, porque entonces sería igual decir: ‘Veo lo que como’ que ‘Como lo que veo’”. Y la Liebre salta: “Y sería lo mismo decir: ‘Me gusta o que tengo’ que ‘Tengo lo que me gusta’”. Y por último el Lirón hace su aporte: “O decir ‘Respiro cuando duermo” que “Duermo cuando respiro”. “Es lo mismo en tu caso”, le concluye el Sombrerero al dormilón.

Ambos nos reímos brevemente y el filósofo pasó a la reflexión que traía en mente:

—Pienso lo que digo… ¿Te das cuenta de lo importante que es que nuestra mente y nuestras palabras estén en la misma línea?

—Es evidente, señor mío —le respondí en automático.

—¡Pues fíjate que no! —me contestó con el gusto de que había logrado hacerme caer en la trampa—. A veces es necesario que digamos algo distinto a lo que pensamos.

—¿Y dónde queda la congruencia, tan solicitada por los filósofos? —recabé de inmediato.

—Queda relegada, mi pequeño interrogador, en el interés de un bien mayor. Te voy a contar una anécdota de mi padre, que revele su grado de inteligencia y su sentido del humor. Cuando yo era un niño nos llevó a vivir a una ciudad en el centro del país, en una región en la que el catolicismo está muy profundamente arraigado. Por aquellos rumbos le dicen “vigas” a las groserías, y dicen que los veracruzanos, como mi padre, son muy “vigueros”, en lo que tienen razón…

En ese momento, una muchedumbre llegó al café en el que estábamos platicando, ubicado dentro de un centro comercial, y cientos de furibundos ciudadanos empezaron a romper puertas, cristales y todo lo que encontraban a su paso.

Pudimos ver cómo empezaba el saqueo inmisericorde, y cómo pudimos salimos corriendo del lugar.

Los apresurados latidos de nuestros corazones no se detuvieron hasta que nos vimos a salvo en el automóvil, ya lejos de la zona de conflicto.

Pero ésa es otra historia…

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